Hace más de veinte años que vengo a ver La Entrada de Benejama. El 6 de Septiembre siempre me ha parecido un día especial, con una luz distinta a la del resto de los días del año. Una desus escuadras me ha llamado siempre la atención, de forma que he seguido atentamente su evolución. Al principio, allá por el año 1991, la componían un grupo de jóvenes algo desgarbados pero entusiastas de la Fiesta, de dispares alturas a ojos vista, y ataviados de bizarras y aguerridas túnicas. Un año quede sorprendido por el ímpetu con el que alguno de sus elementos centrales afrontaba el desfile, como si, llevados por la euforia del momento y envueltos y galvanizados por la percusión de los timbales, quisieran izar la bandera cristiana en el castillo, alcanzándolo como una flecha antes que el Sargento de la Filà. Otro año observé con curiosidad la asimétrica disposición de los trajes,
con colores claramente desubicados, así como desfiles en los que nos obsequiaban con evoluciones de alto riesgo sobre el lomo del corcel que los guiaba, no todas con brillante culminación. Impulsos de juventud, me dije a mi mismo.

Con el tiempo me fui interesando por sus íntimas costumbres, como la de celebrar una excéntrica cena en fechas tan distantes como las navideñas, en la que logran dar buena cuenta de generosas viandas a pesar de la carga del calendario. Alegremente narran en ella anécdotas festeras, y otros pormenores.

No obstante, el rito más celebre de La Flecha es la comida del Día de la Entrada, en la que con germánica puntualidad y siguiendo una de las inveteradas costumbres del lugar, a las dos se sirven los aperitivos, previos a la degustación de la tradicional paella. Pero la característica más relevante de este hito no es la puntualidad, sino el carácter aspersor y volátil de alguna de sus pitanzas. (Se aprovecha esta tribuna para solicitar sinceras disculpas por las molestias que estos pequeños deslices pudieran provocar.)

Cómo un síntoma del inevitable transcurrir del tiempo, aquellos mozalbetes que iniciaron la andadura de La Flecha comenzaron a asumir las responsabilidades propias de la Filà; así muchos de ellos se han subido a la carroza del Capitán, obsequiados previamente con el Plato de la Orden. Se inicia entonces la época dorada de la escuadra, se lucen sus trajes más hermosos por sencillos, y se hace propio el lema templario que reza “Dios, mi señor, consigue con mi espada que aquéllos que te busquen te encuentren.”

En estos últimos años no han faltado jugosas imágenes, como aquella en que fue llevado al extremo el asunto de la uniformidad, a modo de aligerar la impedimenta de las cabezas, si bien hubo alguna honrosa excepción. En el origen de esta sin par estampa quedó atrapado uno de los momentos álgidos de escuadra, en el que salieron a la luz las inquietas infancias de los templarios.

A Dios querer, no pocas Entradas me quedan por ver y siempre me embargará la emoción al paso de La Flecha, especialmente en el momento mágico en el que elevan sus espadas al cielo de Benejama coincidiendo con el primer “fuerte” de la SUM de La Cañada, pues no en vano es uno de los momentos del año que marcan el devenir de la vida, como el olor de la pólvora del día 11 de septiembre.

 

Vicente Más